POLÍTICOS Y PRUDENCIA

Trump y Puigdemont, Jerusalén y "procés", la irresponsabilidad

Puigdemont insiste en su fuga de España. (Foto: Twitter/@KRLS/@JuntsXCat)
Puigdemont insiste en su fuga de España. (Foto: Twitter/@KRLS/@JuntsXCat)
Protesta palestina contra la declaración de Donald Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israei. El expresidente, fugado a Bélgica, insiste en reivindicar lo que ha puesto en peligro a Cataluña
“El hombre cauto medita sus pasos” dice el libro de los Proverbios. No parece que esta sentencia se pueda predicar de dos estrafalarios personajes de actualidad: el presidente de Estados Unidos Donald Trump y el expresidente del gobierno catalán Carles Puigdemont. Es preocupante porque siempre se ha considerado la prudencia como virtud propia del buen gobernante.

Aunque ya la Jerusalem Embassy Act, aprobada por el Congreso de Estados Unidos en noviembre de 1995, estipula que la representación diplomática de Washington en Israel debe ubicarse en Jerusalén, lo que implica reconocer de facto a esta ciudad como la capital israelí, la prudencia de los mandatarios americanos había evitado hacer efectiva tal decisión, valorando el significado que la singular ciudad tiene para judíos, cristianos y musulmanes.  La situación en Oriente Medio es endiabladamente explosiva y cualquier paso imprudente que se dé por cualquiera de las partes puede ser detonante de enfrentamientos violentos cuya evolución es difícil de prever.

Parece ser que los sucesivos presidentes americanos así lo entendían y se han abstenido de hacer efectiva la ley aprobada por el Congreso hace más de veinte años.  Hasta que ha llegado Trump con la temeraria impetuosidad a la que nos tiene acostumbrados y de la que además hace gala y comunica urbi et orbi hacer efectivo el traslado de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén.

No entro aquí a opinar si la capitalidad de Jerusalén debe ser judía o palestina, o tener un estatus especial como patrimonio espiritual común a judíos, cristianos y musulmanes.  Lo que quiero poner de relieve es la ausencia de la virtud de la prudencia en esta decisión unilateral del presidente norteamericano en contra de la opinión de los principales dirigentes internacionales y de los acuerdos de Naciones Unidos, como ha puesto de manifiesto Emmanuel Macron.

La misma ausencia de prudencia como virtud del buen gobernante se hace evidente en nuestro Carles Puigdemont.  Tampoco aquí entro a enjuiciar la opción independentista del político catalán, sino las perniciosas consecuencias que acarrea la toma de decisiones políticas sin que les haya acompañado la virtud de la prudencia, entendida ésta como la virtud que dispone la razón práctica para discernir en toda circunstancia el verdadero bien, que en el caso de la acción de gobierno es el bien común.

Dice Tomás de Aquino que la prudencia yace propiamente en la razón, pues conocer el futuro a partir del presente o del pasado -que es lo que caracteriza a la prudencia- pertenece a la razón y no a la voluntad, ya que es un proceso basado en la comparación.

¿Ha habido algún vestigio de racionalidad en todo el procés? Cuando se atribuye a un territorio una identidad unitaria que subsume la heterogeneidad de los individuos que lo componen, y se le atribuyen a este ente ficticio cualidades privativas de los seres humanos, como sentimientos y derechos (los sentimientos de un pueblo, el derecho de un pueblo a decidir…), se está fundamentando la acción política en criterios totalmente ajenos a la racionalidad y a la prudencia política que en ella se sustenta.

A los que intentamos entender la realidad y enjuiciar las decisiones políticas con criterios de racionalidad y prudencia las singulares actuaciones de Trump a lo largo del mundo y las estrafalarias andanzas belgas de Puigdemont nos llenan de pasmo.  Pasmo que deja paso a una honda preocupación porque no olvidemos que estos comportamientos estrambóticos suelen llevar aparejadas consecuencias lamentables 

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